Por qué leer a Vectart

Francisco Álvarez – Firma invitada

En nombre de Víctor


El espacio digital, y personal, de Víctor Caballero nace de un profundo respeto al nombre. El nombre del hombre –Víctor–, el nombre de su herencia, su legado y su estirpe –Caballero–, y el nombre de su mundo –Vectart–. Por ese mismo motivo arranca presentándose (Yo soy Víctor) y, en seguida, lo esgrime sin despegarse de su apellido: “Cuando un caballero entra en un salón (…), hace una profunda reverencia y dice: -Mi nombre es… (aquí el nombre del caballero)”.

El nombre de Vectart suena a víctor, y a mayor sinestesia, huele al lexema que marida un nombre (arte) y un adverbio sobrevenido de adjetivo (vectorial), que Víctor reivindica como tal, pues vectorial no completa al arte, como cualquier calificativo, como menosprecio –la opción que destila ante los mediocres–, boquiabierto –la sensación que despierta, cada vez–, o doblaesquinas –la legión de los que aún no le leen–,sino que lo define, como vinagre –su aliño–, infografía –su lenguaje–,o mediodía, el mejor tiempo –nietzschiano– para leerle.

El universo donde te invita al leerle es tan holístico como el nombre, que encierra la V de visionario, porque anticipa tendencias, y siempre lo ha hecho: ¿A quién escuchamos y leimos, hablar de la impresión en 3D cuando nadie lo había hecho? ¿A quién del periodismo de datos? ¿A quién de la integración de la identidad digital, que trasciende de tal o cual red social y prelude una revolución de la revolución?

Víctor visualiza desde la E de su eclecticismo, que bebe de todas las fuentes que le aportan sabiduría, la digiere y la vomita, creando de las radicalidades que desprecia cual creencias una profunda y nueva radicalidad individual, un nuevo cosmos, con C, entre el ideos y el cognos, entre lo que es y lo que cada uno percibimos.

Percepciones que conforman un Todo, con T, como su identidad, que abarca su visión (que no pertenece a este tiempo), su rol de padre (encarnado partiendo del cariño y hacia la educación en ese mantra de Caballero no molesta), de amigo de sus amigos, de hijo preocupado y orgulloso, de empresario, de artista, y de creador.

Creador y crítico es su espíritu, y si, como le escuché, el mundo tiene muy pocos creadores de verdad, algunos cuya misión es captar, contar y cantar a los creadores, y legiones de mediocres que conforman el resto, a su espíritu creador jalona con un alma, con A, de juglar. Siendo el más subjetivo de los hombres, Víctor es, con mucho, el más objetivo de los periodistas, porque entiende su oficio desde el respeto, con R, al individuo, que no a sus ideas, ni a sus creencias, ni a las debilidades que lo limitan. Cree, solo y tanto, en sí mismo, y apenas matiza ese infinito con el respeto a todo uno mismo que le rodea.

Por eso tiene algo de taumaturgo, con T, de poderes para construir prodigios, como la trascendencia que le otorga inmortalidad a sus creaturas. Eso, todo cuanto crea, le convierte en Dios y por eso todo cuanto crea lo comparte, desde aquél círculo mágico para elegir qué gráfico cuenta mejor esa materia prima que es el dato, al juego del Petápolis con el que nos partimos de risa en su despedida, a sus literacitas que le aportan, a sus anotaciones en la libreta que siempre lleva consigo, a sus bases de datos (como la mayor de información municipal que existe), a sus snippets o trucos reutilizables.
Just because all of that reading him is worth it!

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